Vuestro turno. Y el nuestro.

El nacionalismo catalán -y el conjunto del movimiento independentista- no se entiende sin una profunda determinación internacionalista. Allí dónde los derechos humanos han sido o son conculcados, especialmente en su dimensión colectiva, es difícil no encontrar un colectivo catalán que le preste su apoyo. Ocurrió en la Europa que estaba siendo devorada por el fascismo, ocurrió en los Balcanes cuando las políticas de limpieza étnica volvieron a nuestro continente y ha ocurrido en la actualidad: en Idomeni, el improvisado campo de refugiados que ya ha sido desmantelado, más de la mitad de los voluntarios eran catalanes.

Tiene sentido recordar nuestra larga tradición de respeto, conocimiento, reconocimiento y promoción de todas las naciones del mundo para abordar las cuestiones referentes a los próximos comicios españoles.

Es evidente que todo aquello que se decide y discute en el seno de la arquitectura político-institucional española nos afecta. Y mucho. El régimen del 78, la falsa transición democrática, la imposibilidad de homologar la democracia española por el perenne empeño de impedir la separación de poderes y, sobretodo, de asumir los principios democráticos esenciales, hacen del Estado español un actor que afecta y amenaza, directamente nuestra dimensión nacional.

Ello no es óbice para entender que, desde una perspectiva española y si no se plantean temas intocables en ésta predemocracia -como lo es la cuestión de la unidad del Estado-, existen ciertas propuestas que en apariencia pueden ofrecer nuevas vías para afrontar los retos políticos que los españoles deben abordar.

Es desde esa perspectiva, y sólo desde esa perspectiva, que Podemos -en sus diversas formas- se asemeja a un proyecto político aparentemente renovador y remotamente transformador. Y decimos aparentemente y remotamente porque si tamizamos el poso de sus discursos a menudo contradictorios, observamos que su crecimiento y aceptación son causa, en buena parte, de su predisposición a no poner en duda ninguno de los santos tabús del españolismo. Así, su encaje en el nuevo sistema de partidos español se entiende, también, por la incapacidad de la socialdemocracia de diferenciarse de los populares, liberando un espacio que los de Iglesias pretenden ocupar al precio de convertirse, seguramente a pesar de una parte de su electorado, en buenos cachorros del régimen del 78.

Decíamos al empezar que respetamos profundamente el tiempo político de todas las naciones. Pero no podemos hacer lo mismo con el Estado español puesto que su tiempo hipoteca el nuestro. Respetamos a aquellos que desde su ingenuidad o fe política creen realmente posible el establecimiento de un régimen federal que pueda permitir a Euskal Herria o Catalunya decidir su futuro. Pero sabemos que el ciclo del engaño, voluntario o involuntario, será de un decenio. Diez años que ni tenemos ni nos podemos permitir.

Llegados a este punto, debemos dejar de lado conjeturas políticas y discursos al viento electoral. El próximo 26 de junio las Cortes españolas mostrarán el mapa político que deberá regir el supuesto cambio. Si los resultados son los que presumimos, dicho cambio puede ser mínimo en lo que se refiere a las aspiraciones democráticas de autodeterminación de Catalunya (y de Euskal Herria, claro).

Es en ese preciso instante la aritmética parlamentaria -y una tramposa jurisdicción española- mostrarán que la vía del referéndum es una vía inexistente en el ordenamiento constitucional español. Llegados a este punto tenemos el derecho y las razones necesarias para reclamar, a esa supuesta nueva izquierda española, que asuman su fracaso. Y no hablamos de un fracaso electoral, que está por ver, sino el fracaso que significará asumir que a pesar de su presencia en Cortes -en el Gobierno o fuera de él- los viejos partidos de las mayorías españolas, PP y PSOE, impiden cualquier cambio que pueda facilitar el derecho a decidir de catalanes o vascos.

Y una vez asumido su fracaso reclamaremos, con igual derecho -reciprocidad como dijo en Anoeta i Barcelona i sigue diciendo Arnaldo Otegi o bidireccionalidad como me gusta llamarlo a mi-, que en nuestros respectivos parlamentos dejen de ser elementos neutros o contrarios al ejercicio democrático del derecho a decidir y se conviertan en elementos activos para su ejercicio o para ejecutar declaraciones unilaterales en unos parlamentos nítidamente favorables a la independencia. Sabemos, suponemos, que defenderán mantener el estatus político actual o, quizá, algún nebuloso nuevo proyecto de federalización subordinada. Están en su derecho, claro, pero les queremos a nuestro lado para reivindicar que Catalunya -como Euskal Herria- son sujetos políticos determinados que tienen el derecho a decidir su futuro. Es más, que han agotado todas las vías de discusión política con el Estado y que en todo momento han si abortadas por incomparecencia de la parte española y, por esta razón, ya estamos legitimados, incluso, para ejecutar declaraciones unilaterales de independencia siempre que las mayorías parlamentarias lo permitan y avalen.

Si no es así, si llegado el momento Iglesias y sus aliados entonan e inventan nuevos cantos de sirena para evitar el ejercicio de la democracia en nuestras respectivas naciones, se sumarán al enésimo fracaso en el afán pretencioso de democratizar el Estado español. Pero, sobretodo, demostrarán como es posible difuminar una idea de cambio y transformación política -la de los indignados- hasta convertirla en el recambio domesticado de un PSOE estropeado.

Sería inmensamente triste observar que el cambio era, finalmente, un triste recambio.

Víctor Terradellas i Maré

http://www.berria.eus/paperekoa/1832/017/003/2016-06-21/zuen_etorkizuna_eta_gurea.htm

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