El último episodio para la independencia de Catalunya

15189399966_cebb75387f_nAviso para navegantes: el proceso de independencia de Catalunya va a dirimir sus últimas cuestiones durante el próximo curso político. Podrá tomar una u otra deriva, pero la próxima primavera conoceremos el final de un proyecto cívico, pacífico, democrático y transversal que se enfrenta a un estado que ha optado por la criminalización y la judicialización cómo una única respuesta.

Ello implica que desde Catalunya insistiremos en la vía democrática cómo una opción de lucha y resistencia pero implica, también, plena conciencia de los métodos antidemocráticos que usará el estado para impedir, precisamente, la culminación de dicho proyecto de acuerdo con unos principios democráticos esenciales. No es ninguna novedad pero no por ello debemos pasarlo por alto y normalizarlo. Tampoco para vosotros, lectores de Euskal Herria, que en las últimas horas observáis como el estado español vuelve a mostrar su cariz más antidemocrático pretendiendo la inhabilitación de Arnaldo Otegi, encarcelado por la buscar la paz y inhabilitado, sin ninguna duda, por conseguirla. Hoy el Estado español se asemeja más a aquellos estados que depuran todo aquello que va en contra de su ‘régimen’ que a cualquier democracia europea. Se evidencia con Otegi y es evidente, también, con el proceso de independencia catalán.

Cuando hablamos del Estado y de la arquitectura del Estado es bueno recodar que se sostiene sobre un sistema de partidos que lo protege y lo sostiene en ése estadio de predemocracia. Así, en lo que se refiere al proceso de independencia catalán, conviene recordar que las diferencias entre PP, PSOE, Ciudadanos, Izquierda Unida y Podemos es meramente formal. Insisto, puramente estética. Todos ellos -para vergüenza de los autodenominados reformadores progresistas de izquierdas- coinciden en el hecho falaz que todo acto político debe respetar la Constitución española y que no es posible evolucionar políticamente al margen de la legalidad establecida. Poco les importa que dicha legalidad colisione con la determinación política expresada por una mayoría de la sociedad catalana y que se exprese políticamente con una mayoría absoluta en el Parlament de Catalunya. El mismo Podemos con piel de oveja para el que sólo existen banderas republicanas durante las campañas electorales, en los mítines, pero que en el curso de su actuación política ha sido incapaz de poner en duda la monarquia instaurada por Franco. Y si hace falta, se hacen la foto con el Borbon y le ríen las gracias.

Es más, defender una referéndum acordado con el Estado observando las perspectiva política en Cortes españoles -como hace Podemos en Catalunya- es, directamente, abonar las tesis unionistas puesto que ofrecen una alternativa que saben perfectamente irrealizable.

Paradójicamente, esa muestra de unidad política de los partidos de obediencia española resulta tremendamente ejemplar para las formaciones catalanas que abordan el último tramo del proceso independentista. Entre los partidarios de la independencia no puede existir el mínimo rastro de estrategia partidista que pueda minar una unidad política imprescindible para abordar el último tramo del proceso.

El primer momento en que observaremos el estado de salud de dicha unidad será la moción de confianza planteada por el presidente Puigdemont. Miembros destacados de la CUP, y de su nuevo Secretariado Nacional, ya han expresado públicamente que dicho escollo será superado sin ningún obstáculo. Una buena manera de empezar el curso político.

También resultará un buen momento para demostrar que en cada momento nos centramos en aquello que nos ocupa y que no ofrecemos espacio para que la insidia oportunista empañe un mensaje político de unidad claro y diáfano. Si hablamos de la cuestión de confianza hablamos de la cuestión de confianza. No hablamos de presupuestos ni de cualquier otra cuestión que, teniendo importancia capital y ser absolutamente imprescindibles -sin presupuestos no podremos avanzar-, tendrá su momento ulterior de discusión y acuerdo.

Contamos, como siempre, con la habitual colaboración de los aparatos del Estado que ya han considerado oportuno judicializar el comportamiento político y reglamentario de la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, y de toda la mesa del mismo. Tenemos, también, pendientes los procesos judiciales contra el expresidente Mas y sus dos consejeras a raíz de la consulta del 9N. Las probables penas en forma de inhabilitación o los propios procesos judiciales serán oportunidades magníficas para demostrar que el proceso de autodeterminación que protagoniza Catalunya ya da muestras clara no ya de desobedéncia, sino de estricta observancia de una democracia radical que obedece al poder legislativo legalmente establecido, el Parlament, a la vez que desoye tribunales externos que intentan laminar o limitar su soberanía política.

Dicha dinámica española evoluciona en paralelo a una incapacidad de acuerdo en Cortes, con el sainete de nuevas elecciones rondando como en los últimos ocho meses. Rajoy escondido y arropado por un electorado que no deja de sorprendernos; un Rivera que necesita de gobierno si no quiere ir a unas elecciones que le convertirán en un actor español minoritario sin ningún tipo de incidencia; Sánchez incapaz de demostrar talla política más allá de las imposiciones de sus barones (una talla, me permito apuntar, que le podría ser reconocida y hasta premiada por su electorado si se atreviera a pactar un referéndum con fecha determinada); e Iglesias erosionando, cada día que pasa, un liderazgo que se demuestra frágil y a expensas de equilibrios imposibles entre ética y estética.

En contraposición a dicho caos político estatal, si se confirman unos terceros comicios -y estoy muy convencido de ello-, desde Catalunya tenemos una nueva oportunidad para demostrar la singularidad política de Catalunya, con el permiso de Euskal Herria, en el mapa estatal.

Sabemos que estamos al final del recorrido del proceso y nuestra voluntad es mantenernos, hasta el final, de la misma manera que empezamos: con el carácter cívico, pacífico, democrático y transversal que lo caracteriza. La voluntad de finalizarlo con las urnas nos obligará ha llevar a cabo el referéndum unilateral de independencia que determinará cual es la voluntad del pueblo de Catalunya.

Abordamos, pues, un curso político crucial que requiere de cada actor político catalán la mayor dosis de generosidad, autoexigencia, dignidad, sentido de estado y voluntad de acuerdo. Más allá del Estado, de sus cloacas y de sus pretensiones sancionadoras, tenemos a nuestra alcance un futuro que depende, como nunca, de nosotros mismos.

Y no tengáis ninguna duda, estamos preparados y determinados a ganar un futuro de libertad.

Víctor Terradellas i Maré

http://www.berria.eus/paperekoa/1832/015/003/2016-09-04/independentziarako_azken_atala.htm

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